Todos hemos pasado por esto
Encuentras el sérum del que todo mundo habla. Aparece en un marketplace a mitad de precio, con envío inmediato. Lo pides. Llega en una bolsa arrugada, sin caja, sin lote impreso, con una textura que no se parece a la de las fotos. Buscas el número de lote en la página oficial de la marca y simplemente no existe. Le atinas a un vendedor honesto en una plataforma internacional. El producto es real. Pero sale de una bodega al otro lado del mundo, se atora en aduana y llega siete semanas después, en pleno verano, tras quién sabe cuántos días dentro de un contenedor a cuarenta y tantos grados. Un retinol no sobrevive a eso. Un probiótico, tampoco. Queda la tercera puerta: el revendedor de redes que sí tiene producto original, pero te cobra el triple, no da factura, no tiene garantía y deja de leer tus mensajes si algo sale mal. Ese es el mercado que nos encontramos. Tres caminos, y ninguno bueno.